Así es el día a día en el Sector 6 de la Cañada Real: "Vivimos como el último perro"

Domingo 11 de Febrero del 2018

«Aquí estamos bien», dice Carmen, de 48 años, madre de seis hijos, cinco de ellos vivos, una muerta por leucemia hace un año. «Cuando llueve se cala el techo y hace mucho frío, pero tenemos agua y luz». Friega los cacharros con una manguera conectada a uno de los enormes bidones de varios cientos de litros que el Ayuntamiento de Madrid llena semanalmente. La luz la tiene enganchada, como todo el mundo, de manera ilegal, pero no tiene que salir a hacer sus necesidades a la espalda del camino, como la mayoría de los vecinos.

El viento frío se clava en la piel mientras una mujer barre con energía el patio de su chabolo. Ha reunido un montoncito de arena y polvo que saca a escobazos y que devuelve a la Cañada Real, el mayor asentamiento irregular de España, donde se confunden la basura, la chatarra y los escombros.

Hay muchos escombros en el Sector 6, este cacho de tierra que parece el final de todos los caminos. «Hay situaciones de una pobreza bestial», resume Agustín Rodríguez, el cura de la parroquia de Santo Domingo de la Calzada.

Los sectores 1 a 5 de la Cañada, con sus casitas bajas, algunos chalets, su ambiente de pueblo, sus tienduchas, mezquitas, cuadras, banderas de España y pequeñas empresas, parecen fácilmente asimilables por los municipios, que son Coslada, Rivas-Vaciamadrid y la capital.

El Sector 6, una larga lengua de tierra situada a un par de kilómetros de Madrid en línea, será desmantelado por completo a lo largo de la próxima década, según acordaron la Comunidad de Madrid, los tres ayuntamientos y todos los partidos políticos.

Ser un niño en el fin del mundo

Ángel es un gitano de 28 años que lleva 12 en Cañada. Muestra con orgullo el interior de su casa, reformada con la ayuda de un vecino marroquí al que le paga a plazos. «Antes hacíamos toda la vida en esta habitación», dice en la entrada a su chamizo. «Ahora tenemos un cuarto para mis niños, lo que pasa es que no duermen del agua que les cae, mira que le pusimos tela asfáltica y dos lonas...».

un niño juega al fútbol por el camino de la Cañada.

Sus hijos tienen 11, nueve y tres años y son pacientes habituales de Bea y Santi, el equipo sanitario móvil que recorre a diario la Cañada. Con problemas respiratorios severos, ya se ponen solos la mascarilla con Ventolin y corticoides. «Vivimos a pausas», dice el hombre. «Vivimos como el último perro», zanja su mujer.

Según fuentes del Ayuntamiento de Madrid, el convenio para el realojo de las primeras 150 familias se firmará este mes. Los vecinos calculan que hay entre 4.000 y 5.000 personas viviendo en el Sector 6; el censo oficial rebaja la cifra a 2.000 adultos y más de un millar de menores, mayoritariamente españoles de etnia gitana, quinquilleros y un grupo menos numeroso de marroquíes y de rumanos. Algunos trabajan en la construcción, pero en general se dedican a la venta de chatarra, a razón de 15 o 20 céntimos el kilo, o a la venta ambulante.

Los niños del Sector 6 estudian en colegios de Madrid y Getafe, adonde van en 14 rutas escolares que salen de la Cañada, a las que se suben los chicos que ya están en Secundaria, con el inconveniente de que llegan una hora tarde al instituto y que acaban las clases a las tres. «Luego esperan hasta las cinco en la calle a volver en la ruta, aunque un grupito como de 10 marroquíes se suele volver andando, los seis o siete kilómetros», dice el padre Agustín.

Estudiar en una chabola

«Durante muchos años he vivido en una chabola, a veces sin luz durante tres o cuatro días, pero nunca lo he pasado peor como cuando me insultaban en el colegio de Vallecas y me juzgaban por vivir en la Cañada», dice Andrea, gitana nacida en Rumanía y llegada a España a los cinco años. Antes de instalarse con su familia en el 20 Posterior hace una década, deambuló por tres campamentos y en casas vacías que okupaban, en Pozuelo, Aravaca, Coslada, «cada curso en un sitio distinto».

Andrea tiene 20 años. Mientras trabajaba limpiando casas, cuidando niños, como cajera en un Carrefour o, ahora, en la recepción de la sede del Secretariado Gitano, aprobó un grado medio de FP de Gestión y Administración de Empresas. Su objetivo es estudiar Bachillerato para poder matricularse en Derecho y ser abogada. «He vivido situaciones tan injustas que me gustaría poder defender a las personas que las padecen ahora», dice.

El 20 Posterior es una pequeña parcela situada detrás del número 20 del Sector 6, donde viven unas 30 familias rumanas. Es la zona donde estuvo el mayor mercado de droga de Europa, un kilómetro de Cañada donde aún quedan unos 40 de los 116 puntos de venta que había en 2012. A ambos lados del camino se suceden las fogatas, alimentadas de la mañana a la noche con tablas y palés frente a una casucha, marcando el punto de venta, donde una o varias personas esperan sentadas en sillas de plástico.

Ocaso del mercado de la droga

«Se mueve muy poca cantidad si se compara con lo que había hace años», afirma un alto mando de la Policía Nacional que participó en el desmantelamiento de este enorme centro de venta de estupefacientes, entre 2012 y 2017. En esos cinco años, la Policía incautó 47 kilos de heroína, 18 kilos de cocaína y 14 de hachís y marihuana en más de un centenar de operaciones.

«Hay muy poca gente que se dedica a la droga en la Cañada», afirma este mando policial. «La mayoría de los que viven allí no tiene actividades delictivas», añade.

«Pese a ser una pequeña parte de la Cañada, la droga ha creado un estigma social muy profundo en toda la población que vive aquí», explica Susana Camacho, coordinadora del Proyecto de Intervención Comunitaria Cultural (ICI) que gestionan Accem y la Fundación Secretariado Gitano.

«El proceso de inserción de todas estas personas puede fracasar porque ha nacido viciado por ese estigma», alerta Daniel Ahlquist, coordinador de Cruz Roja de zonas desfavorecidas en Madrid.

Derribos masivos de casas

Hace unos años, una mujer fue a Madrid a dar a luz, explica Ahlquist. «Al volver, encontró que el Ayuntamiento había derruido su casa pensando que estaba abandonada». Tenía abierto un expediente, como todo el mundo. Hay decenas, cientos de solares cubiertos con escombros abandonados como cadáveres. Por eso las familias ya nunca dejan sola su casa, y por eso hay muchas mujeres, sin carnet de conducir, que pasan años sin salir de la Cañada Real.

Es el caso de Mercedes, que tiene 78 años, artrosis severa, una úlcera, un hijo muerto por la heroína, una hija muerta por una enfermedad respiratoria, seis hijos vivos, varios nietos y un brasero que calienta las dos habitaciones de su chamizo.

Mercedes, de 78 años, es una de las abuelas del Sector 6 de la Cañada, donde vive desde hace 20 años.

«Nací y crecí debajo del puente de Praga, en Madrid, no conocí a mi madre y apenas recuerdo a mi padre», explica. Se casó siendo una niña. Enviudó. Trabajó fregando suelos. «Luego me tocó un marido que bebía y que vendió el piso que teníamos en El Pozo». Enviudó otra vez. Vive sola aquí desde hace dos décadas. Cuando se ríe, y Mercedes ríe a carcajadas, asoman en su boca los huecos de la dentadura como los solares llenos de escombros del camino.

El padre Agustín, destinado en Cañada desde 2007, dice: «Todos somos hijos de Dios, pero algunos a veces dejan de vivir como tales». Por eso, siente que la principal labor ahora «es la dignificación de esta gente». Alrededor de su parroquia se dispersan en tiendas de campaña unos 170 adictos a la heroína o el crack, sombras con piel de cuero que mendigan una dosis a cambio de vivir como «esclavos», explica la Policía.

«Los traficantes hacen cualquier cosa con ellos. Les encargan tareas pesadas, los tratan como a bufones, prostituyen a las mujeres... La vejación que se te ocurra». En la iglesia, pueden lavar su ropa, ducharse, desayunar o simplemente sentarse en una silla.

Cerdos vietnamitas, chicos con chupete

Dos cerdos vietnamitas se aparean ahí en medio. Hay gatos gordos y perros flacos y algún burro. Se cazan conejos y los pájaros se ven un poco más allá, en el horizonte, embriagados por el hedor que expelen las plantas de reciclaje e incineración de Valdemingómez. Hay verjas de hojalata y ventanas sin cristales con las persianas bajadas permanentemente para frenar el frío. Cuando llueve de verdad, el suelo crepita, saltan chispas por la deficiente instalación del cableado eléctrico.

Hay niños en bicicleta y niños dando patadas a una pelota desinflada y niños en pijama de felpa que ya no rodean los charcos al caminar y niños mayores mascando un chupete y niños con la curiosidad en la mirada como la de cualquier otro niño.

Cualquiera de los 80 técnicos de las 14 instituciones que trabajan en el Sector 6 pone cara de disgusto cuando se cita la palabra gueto para describir este fin del mundo, aunque la definición del diccionario no pueda ser más ajustada: «Barrio o suburbio en que viven personas marginadas por el resto de la sociedad».

Elena (21 años) nació en Rumanía y llegó a Madrid hace 12 años. Vive en una de las zonas más pobres del Sector 6, la parcela 20 Posterior.

«Ha habido una dejadez histórica de la Administración que explica por qué hemos llegado a esta situación», afirma la coordinadora del Proyecto ICI. «Han sido muchos años de mirar para otro lado», opina también Daniel Ahlquist. «A la administración y a la sociedad les ha parecido bien que esta gente viva privada de recursos y servicios», sentencia.

Una hora y media en transporte público separa el Sector 6 de hacer la compra en el mercadillo de Vallecas, recoger una carta o ir al médico en el centro de salud. Así que sólo los que tienen vehículo propio y dinero para gasolina salen, de vez en cuando. Muchas personas, explica el portavoz de Cruz Roja, están en situaciones límite. «Ancianos, enfermos con esclerosis múltiples, personas encamadas... Gente que no puede esperar dos o tres años para un realojo».

Un realojo aprobado por la Administración pero que tardará una década en terminar, y del que sólo se podrán beneficiar los empadronados antes de 2011.

Elena, de 21 años, entra de sobra en esa categoría; además, se quedó sin casa en diciembre después del incendio de su chabola, en el 20 Posterior. Pero no quiere esperar. Estudió, ha trabajado y ahora sólo piensa en salir de la Cañada. «Me iría de cabeza. Sin mirar atrás».

Fuente: http://ow.ly/nyR530ikr6u